Panza llena

Por Graciela Bialet

Contacto

Ramiro Villalba

Director

Sobre este libro:

"La aclamada autora Graciela Bialet vuelve con una novela juvenil intensa y atrapante, ambientada en el universo de su clásico El jamón del sánguche.
En Panza llena, Marianella tiene quince años, un embarazo inesperado y demasiadas preguntas. Mientras intenta empezar de nuevo lejos de todo, descubre algo inesperado: su talento para la cocina, una comunidad que crece en redes sociales y la posibilidad de construir su propio camino.
Con una voz adolescente absolutamente verosímil y una narración adictiva, Panza llena aborda temas que atraviesan a los jóvenes hoy —embarazo adolescente, redes sociales, identidad y futuro— en una historia luminosa sobre equivocarse, reinventarse y descubrir que siempre se puede inventar una nueva receta para la vida."

 

Fragmento

 

"OTRA QUE JAMÓN DEL SÁNDWICH

De mi vida pasada, lo que invariablemente me arranca un cosquilleo en el centro del pecho son los recuerdos que guardo de Cecilia. La amistad puede distanciarse e incluso apagarse, pero su huella de memorias enciende un sendero imborrable de sonrisas, tan remoto y certero, que ni siquiera importan las evidencias, basta con que esos fragmentos compartidos resistan, como fotografías en la piel.

Me da gracia cuando me acuerdo de que Ceci se sentía “el jamón del sándwich” (así decía), porque había quedado en el medio de las peleas de sus viejos, entre dos rodajas: un pan de su papá y el otro de su mamá, y a veces temía que acabaran por devorarla. Pero sus padres eran de lo mejor, sobre todo desde que se divorciaron (porque juntos se sentían bastante infelices). Cada cual, por su lado, la pasaba genial. Adoraban a Ceci y estaba buenísimo que tuviera dos casas (tres con la de su Abulinda) con varias familias, medio hermano, hermanastros y ahora, también, unos cuantos hermanos biológicos que fue encontrando en sus búsquedas (incluso, me contó Regina, con algunos se entiende bastante bien). ¡Debe ser sabroso ese sándwich de vida!, con tantos ingredientes y personas por conocer (y quizás amar, ¿por qué no?). Delicioso como aquel empanado que inventamos cuando aún nos teníamos la una a la otra.

Comprábamos dos sándwiches de miga (de jamón y queso o de ternera con huevo duro, cuando conseguíamos). ¡Era genial no contar calorías! Los rebosábamos por ambos lados en un huevo batido condimentado con una cucharada de mostaza. Después los freíamos dentro de una sartén untada en manteca, vuelta y vuelta, hasta que el pan crujía dorado y el queso chorreaba por los costados. Los untábamos en kétchup y ¡GLUP! ¡Un asco de felicidad!

Éramos la dupla perfecta para las tentaciones calóricas. Hasta ahí, nuestros vértices de vida parecían comunes. Pero puertas adentro, cada casa y cada una de nuestras familias era un mundo muy diferente. Ella tenía varias pero en todas cabía, eran hogares despelotados y ensamblados pero de cara a las verdades de cada cual.

En cambio, la mía, solo para las fotos era “la típica familia perfecta”, con papá, mamá y dos niñas amorosas, pero fuera de los flashes éramos de lo peor del inframundo. Padre violento, madre “distraída” (¿será más cómodo mirar siempre para otro lado?), una hija “panicosa” (mi hermana Tatiana), y otra fugitiva (yo), que además, como cereza del pastel, ¡se embarazó adolescente!

Fue toda una sorpresa. Más que nada, para mí. 

Cuando aquel mes no me bajó la menstruación, no me sorprendí, porque mis ciclos nunca habían sido muy regulares, desde los once años cuando “me desarrollé”, como dijo la ridícula de mi abuela.

Yo le había pedido a mamá que me llevara al médico, pero me decía que no hacía falta, que era normal el sangrado, que solo me había “hecho mujer”. ¡Ya sabía eso!, lo había visto por la tele y en video en el cole con la profe de ESI, incluso cómo era tener sexo y el asunto de hacer bebés. Pero cuando comencé a menstruar me dio mucho miedo, pues a veces había sentido un flujo y un cosquilleo cuando me tocaba ahí abajo el pervertido que decía ser mi abuelo, y otras veces me ardía y se me irritaba. Entonces después de que “fui mujer”, pensaba (con esa cabeza de niña tonta que tenía a los once) que tal vez en cualquier momento podía nacerme por la cola un bebé, o un bicho, o algo, pero no le podía contar a mi mamá porque me daba vergüenza, y menos a mi papá. Yo necesitaba preguntarle a solas a una doctora, y recién lo logré como a los trece años, luego de aquella noche en que el degenerado se acercó a mi cama, sigilosamente como un felino, y me animé a gritar “¡basta yaaaa!”, que me había hecho grande y ahora era yo quien lo iba a descuartizar con un cuchillo si volvía a tocarme ahí y comencé a gritar “me duele, me duele...”, despertando a todos en casa, y el tipo alcanzó a huir entre las sombras antes de que mi papá apareciera a preguntarme si necesitaba que me preparara un boldo o si solo había tenido otra pesadilla.

Dio resultado aquel griterío, porque nunca más se atrevió a acercarse ni a mirarme de frente, el asqueroso ese. ¡Si hubiera sabido antes que con chillar como loca, las sombras del ogro se escurrirían por los pasillos!

Luego fui dos veces más a la ginecóloga. Me había recomendado estar pendiente de cualquier síntoma y controlar los períodos menstruales, sobre todo por el estrés vivido (y eso que no le había contado ni la mitad de mi “genial” vida). Bajé una aplicación que calculaba las fechas, pero yo nunca era regular... Así que cuando pasó más tiempo del que a veces demoraba en bajar el sangrado, pensé que tendría que volver a la doctora, encima que ahora a mis quince tenía “vida sexual activa” (como decía un cartel de su consultorio). Pero ni se me cruzó por la cabeza un embarazo, pues con Sebas siempre nos cuidábamos (de hecho, los primeros óvulos anticonceptivos que compré por internet, en vez de introducírmelos en la vagina, ¡me los tomé como pastillas y casi morimos ahogados: yo de “ovulidad oral” —pues quedaron atascados en mi garganta, como si quisiera tragar una tiza— y Sebastián de la risa, cuando leyó el modo de uso en el prospecto).

Definitivamente tendría que haber ido antes a la médica. Pero ya era tarde. Me hice dos pruebas y la doctora una tercera. En todas dio positivo. Fue como si me dieran un puñetazo en medio del pecho. Quince semanas de embarazo, dijo después de una ecografía. Como si un camión me atropellara. ¡Quince! No podía reaccionar. Estaba sola. Las tres veces de las tres pruebas, sola. Era un mal sueño, uno de esos que se repiten una y otra vez, y una quiere despertar para ordenarle al cerebro que haga otra cosa, que ensaye otra idea, pero ni te despertás, ni dejás de patinar en la misma escena, una calesita sin fin.

Al salir de la clínica, mis pies pesaban como patas de elefante. Un sudor helado me subió del estómago a la garganta y alcancé a girar el cuerpo. Doblada en dos vomité sobre el asfalto casi al ras de la vereda. No sabía qué hacer. Ni adónde

ir. Un hombre me preguntó si necesitaba ayuda y volví a vomitar, esta vez sobre sus zapatos. Dos personas me arrastraron de nuevo al interior de la clínica y me acercaron un vaso de agua. Otra vez vomité. Ya en la guardia, alguien dijo: “Es menor de edad, habría que llamar a un familiar”, entonces me incorporé y de un salto salí disparada. Corrí calle abajo, mucho corrí, hasta llegar a una plaza donde me recosté sobre el pasto, inmóvil como un lagarto, a esperar que el calor volviera a mi cuerpo y lo reviviera. Algo recompuesta, marqué el número de Sebastián y corté. Preferí escribirle un mensaje de urgencia para encontrarnos.

Llegó en media hora. Me preguntó por qué estaba tan pálida, si estaba enferma. Y le dije de un tirón ¡todo! Quedó más cementado que la estatua del prócer de la plaza. Así, acodados sobre nuestras propias rodillas permanecimos mudos un largo rato. 

—Pero si usamos forro... —repitió quince veces, y yo levantaba los hombros sin saber tampoco cómo había sucedido, ni qué responder.

Tomados de las manos caminamos un trecho y luego cada cual fue a su casa para pensar si se nos ocurría alguna solución.

Esa noche yo me encerré en la cochera para no ver a nadie y recién cuando creí que todos estaban dormidos, intenté subir a mi cuarto. De repente, sentí que un objeto estallaba contra la pared. Mi viejo acababa de revolear una lámpara desde su dormitorio al pasillo y a gritos pelados insultaba maldiciendo su suerte por no sé qué gastos o qué tarjeta había colapsado. En ese instante supe que lo mejor que podía hacer era irme de una vez por todas de ese infierno, y ahora tenía el motivo perfecto. [...]"