Y ni siquiera soy el mismo cuando escribo
Sobre este libro:
Más que un manual de escritura, una confesión visceral sobre el oficio de vivir y contar.
Luis Mey, una de las voces más auténticas y premiadas de la literatura contemporánea, nos entrega un decálogo atípico, libre de culpas y lleno de digresiones brillantes. Y ni siquiera soy el mismo cuando escribo no es el típico manual de técnicas; es un diálogo íntimo y feroz donde el autor explora cómo, qué y para qué hurgar en el "depósito de cosas inservibles" para rescatar algo por lo que valga la pena vivir.
La virtud de este título radica en su enfoque desmitificador. Mey invita al lector a abrazar la soledad del teclado y a escribir desde la honestidad más cruda, lejos de las poses editoriales. Es una obra imprescindible tanto para aspirantes a escritores como para lectores que buscan comprender la psicología detrás del proceso creativo. Su prosa, cargada de una sensibilidad liminal, convierte este ensayo en una pieza de culto sobre la identidad y la resistencia literaria.
Fragmento
Un camisón casi blanco
Algunos años atrás, mis cuatro hermanos y yo, mi madre, mi padre y mi abuela —a quien hacía tres años el Alzheimer no le sacaba una palabra— estábamos en plena mesa de Navidad, la mesa familiar, tal vez la última. Ella tenía noventa y siete. Yo había deslizado alguna vez que podía ser que no tuviera nada más que decir. Mi padre, que ya no me golpeaba porque yo ya era demasiado grande, seguramente pergeñó, en respuesta a mi comentario, alguna manera de arruinarle la vida un poco más a mi madre, aunque ella no tuviera nada que ver. Así funcionaba la casa. Sin embargo, aquella Navidad se desarrolló con normalidad:
mi padre en la parrilla con la radio en AM, escuchando reposiciones de La noche de Mochín Marafioti, un programa para nostálgicos incurables que podía pasar un tango como también
el gran éxito de Paul Anka.
Mi padre era eso, un nostálgico incurable. Y como tal, nunca estaba en la familia. Y yo, que me daba cuenta, era el encargado de ir y volver a la parrilla para llevar a la mesa lo que fuera saliendo.
Total, su madre no hablaba ni miraba, apenas si abría la boca para tragar la papilla que le hacía mi madre.
Cuando mi padre no tuvo más opción que sentarse a la mesa con nosotros, tomó la cabecera, a la izquierda de su madre, yo a la derecha, mi madre enfrente, mis hermanos por ahí, sobre
todo la menor, más pendiente del teléfono, a la espera de la visita del novio o de alguna amiga que quisiera salir a algún lado.
En la cocina, al lado del comedor, la televisión decía que había sido un año difícil, pero que la unión de un pueblo y todo eso. En la mesa del comedor, el que no comía estaba con un cigarrillo en la mano. Todos fumábamos, y tal vez el pacto era que no importaba la enfermedad de la abuela si acaso nos impedía fumar.
Ninguno tenía futuro —salvo mi hermana mayor—, entonces lo mejor era pelearse suavemente respecto de cómo masticaba cada uno o qué le costaba al otro tirar la ceniza en un cenicero en vez de tirarla en el piso. Ahí fue que mi abuela levantó la cabeza,
me miró y dijo:
—¿Y, Luis? ¿Ya te recibiste de escritor?
Yo tomé aire hasta donde pude y, ante el silencio de los demás,
respondí:
—No, abuela, pero casi, me tengo fe.
Ella asintió y volvió a clavar la mirada en el infinito de su plato.
Mi padre lloró, encontró una excusa formidable para emborracharse un cuarenta por ciento más de lo que había pensado —o más de lo que su cuerpo le reclamaba—, festejó la lucidez de su madre y, nunca me voy a olvidar, pareció reprocharme que ella se dirigiera a mí y no a él, y dejó en claro, antes de derrapar, que tenía sentido porque su madre, persona decente, seguramente estaba más preocupada por mi futuro que yo mismo.
Si era eso, al menos en la segunda parte de su reflexión tenía absoluta razón. Con respecto a mi abuela, recordé por qué me había preguntado eso. Fue por una noche en que me quedé en su casa a raíz de la violencia que sucedía en la nuestra.
Jamás se me hubiera ocurrido ir a pasar un par de noches a lo de mi abuela, que tenía unos años de viuda, y yo pensaba que vivía sola, pero no: una de sus hijas, mi tía, madrina de mi hermano, vivía encerrada en una habitación. Apenas salía para ir al baño, buscar los cigarrillos que mi abuela le compraba y le dejaba en la mesita del teléfono, saludarme y volver a la habitación.
Siempre en camisón. Un camisón casi blanco, nicotínico y fantasmal. Yo, que tenía quince años, saqué de la mochila del colegio —estaba yendo a una nocturna— el cuaderno y empecé
a escribir algo sobre una persona que habitaba la casa, algo cliché, pero a quién le importaba, si al menos había logrado quitarme de la cabeza, aunque sea por un rato, la locura de mi casa.
Finalizando el relato, mi abuela, que jamás se levantaba de noche —eran las tres—, se paró en el umbral del living, donde yo dormía, y me preguntó qué hacía:
—Escribiendo —dije.
Muchos años después, el Alzheimer, la Navidad y el retorno inesperado.
Pero ella se acordaba de eso. De mí, de toda mi persona, de su nieto, del hijo de su hijo, era eso lo que recordaba. Y yo, por lo tanto, tenía que homenajearlo, día a día, con mi esfuerzo: buscar el título.