Kurepa

Por Martín Sancia Kawamichi

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Carolina Ferrari

Directora Comercial

Sobre este libro:

 

Kurepa: Una inmersión alucinante en el corazón del monte guaraní.

Ganadora del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2023, esta novela de Martín Sancia Kawamichi es una pieza maestra de atmósfera y tensión. La historia sigue a una estudiante de Filosofía en un duelo perturbador, físico y mental, ambientado en un escenario donde la frontera entre lo real y lo fantástico se desdibuja.

La virtud principal de Kurepa es su prosa exquisita y sensorial, capaz de reconstruir la riqueza de la cultura guaraní a través de elementos hipnóticos: desde "payeseras" y rituales, hasta una naturaleza que respira y se impone. Es una obra que combina la profundidad psicológica con el misterio del monte, ideal para lectores que buscan una narrativa latinoamericana moderna, potente y con un ritmo cinematográfico único.

 

Fragmento

 

—Muy oke’ỹva es aquí el zumbido de la siesta, ¿verá?, muy vicioso es —dijo el doctor Gorgonio Riera Brites, y yo pensé que la aridez de su voz funcionaba como un alambre,

una suerte de cerco íntimo con el que el doctor frenaba el asedio, los empujes del monte al otro lado de las púas. Quizá por eso no se quedaba callado. No quería, en realidad,

que lo escucháramos: hablaba porque con la sequedad de su voz, en la que no había lugar para el más mínimo yuyo, el doctor le decía al monte: “Hasta acá llegaste”.

Preguntó:

—¿Saben qué es oke’ỹva?

—No —dije.

Y Juan arriesgó, mirándome como si la pregunta la hubiera

hecho yo:

—¿Pendenciero?

El doctor asintió:

—Está muy bien tu deducción, porque el zumbido este parece estar todito el tiempo buscando pelea, ¿verá?

Pero no, no es ese su significado. Oke’ỹva es cuando una persona no duerme. Cuando no podés pegar tu ojo. El insomne, ¿verá? Y estos bichos de porquería son oke’ỹva. Muy molesto es su comportamiento. Nunca dejan de inquietar tu siesta, tu noche. Tu crepúsculo. Y yo digo que son viciosos porque para aparearse es que le usan al zumbido ese. Una serenata cree el muy takulo que está haciendo. Pero no hay que ser injusto con él, no son los bichos el único responsable. Acá todito zumba, ¿verá?, y a cada rato, todito el tiempo. El zumbido, digo yo, es el alma del paraguayo. La marca de fabricación de nosotros

—lanzó una serie de manotazos rápidos, y aunque los moscardones esquivaron la mayoría, el vuelo de dos de ellos empezó a resentirse—. La gente de un país tiene su forma de ser, ¿verá?, y esa forma le hace distinto de los otros. Mucho puedo hablar de ese tema porque por varios países me desparramó el exilio en los años del Stroessner, y algo aprendí. El argentino es fanfarrón, ¿verá?, el mejor del globo terráqueo se cree, y no digo como crítica

porque yo le quiero mucho a la Argentina, a ella le debo mi título de médico y también el de veterinario, así que nunca hablaría mal de mi patria ortopédica, como yo le

llamo, mi patria postiza. Pero tampoco puedo negar que el argentino de esa manera es que se muestra —se quedó midiendo con la mirada a tres nuevos moscardones

que se sumaron a los otros—. El boliviano, en cambio, de sol a sol te trabaja, porque en el mañana es que piensa siempre, como si el día de hoy fuera un estorbo, ¿verá?,

una crucifixión que él tiene que quitarle a su ano —dejó de mirarlo a Juan, un segundo, y me miró a mí— para poder progresar, y con el tiempo compra su casita, sus

muebles, su local, su cuatro por cuatro, su trampolín. Una moraleja viviente es el boliviano, yo le admiro mucho. Es mi parecer, ¿verá? El argentino fanfarronea, el boliviano

trabaja, el otro, el brasilero, baila, juega con su pelota y hace jugos, el uruguayo se aburre de tristeza, el chileno…, el chileno traiciona y el paraguayo ¿qué es lo que hace? El

paraguayo zumba, y es entre zumbidos que vive. Miró hacia el camino de tierra roja que bordeaba el cementerio y que, sí o sí, debían seguir quienes quisieran acercarse a sus dos consultorios; se levantó de la silla verde, la movió unos centímetros hasta dejarla completamente al amparo del alero de paja, y entró a la casa. Regresó con un termo azul y amarillo, un mate de hueso y tres repasadores que colgaban en su hombro izquierdo: uno turquesa, uno rayado azul y rosa, y otro estampado.

—Tomen, uno para cada uno —Juan agarró el rayado, y yo, el turquesa—. Con estos es más fácil el combate. El trapo siempre le lastima al bicho, es el peor enemigo para

él, aunque no le mate de un solo golpe. Como si pensara que necesitábamos una demostración, azotó con el repasador a una pareja de moscardones que se había puesto a copular en la pared. Quedaron los dos sacudiéndose en el piso.

—Pob… —Juan no pudo terminar la palabra porque otro de los moscardones se le metió en la boca. Comenzó a toser, encorvado. El bicho no salía. Se metió dos dedos, el pulgar y el índice, y los usó como pinza.

El doctor le dijo:

—No, sacá, sacá tu dedo y tosé más fuerte.

Me acerqué a Juan y empecé a darle golpes suaves en la espalda, hasta que pudo expulsar el bicho. 

—¿Estás bien? —le dije.

Me respondió que sí con la cabeza, escupió otra vez, pero ahora sobre la tierra.

El doctor entró a la casa y trajo un vaso de agua:

—Tomá, enjuagate con este. El gusto que te deja el bicho es muy horrible. Le conozco porque varias veces le tragué.

Juan se hizo un buche y volvió a escupir.

—¿Mejor? —pregunté.

—Sí, sí. Ya está. Perdón —le dijo al doctor.

—Nada que perdonar, Juancito. Increíble que un bicho de ese tamaño insignificante le pueda traer problemas a un gigante como vos, ¿verá? ¿Cuál es tu estatura?

—Un metro noventa y dos.

—E’á, todo un gigante. Todo un tuichaiterei. Muy pedacito me siento a tu lado.

Volvimos a sentarnos. Un nuevo moscardón se acercó a Juan, y él estrenó su repasador con un golpe demasiado flojo. El bicho pudo esquivarlo sin problemas y volvió a acercarse y alejarse varias veces, como burlándose.

—Ya vas a agarrarle la mano, Juancito —le dijo el doctor—.

Si estás tan cerca del monte, muy aliado es tu trapo, nunca te separes de él.

A pesar del incidente de Juan con el moscardón, yo aún estaba sorprendida por cómo el doctor había metido antes la palabra “ano” en su breve disquisición sobre la gente de Bolivia. Supuse que se trataba de un modismo, un refrán guaraní, porque si tenía tantas opciones sencillas, y mucho más ilustrativas, para usar como ejemplo de algo molesto, ¿por qué nos había hecho pensar en dos términos tan difíciles de incluir en una misma frase como “ano” y “crucifixión”? Sonaba muy forzado, casi agresivo. Pensé que se lo comentaría a Juan, aunque después me olvidé.