Ana, la fundadora
Sobre este libro:
La novela de Mercedes Giuffré se basa en la historia de Ana Díaz, una mujer real, la única que estuvo presente en la fundación de Buenos Aires junto a la comitiva de Juan de Garay. ¿Por qué es importante este dato? Porque por haber participado de la ceremonia, logró que se le asignaran tierras propias a su nombre. Fue la primera propietaria de lo que hoy es Buenos Aires, ciudad que en el siglo XVI recibía el nombre de La Trinidad.
Es poco lo que se sabe de Ana. Con los escasos documentos que guarda la historia, Mercedes Giuffré utiliza las armas de la literatura para adentrarse en la cautivante aventura de esta mujer mestiza, mitad española mitad payaguá, que abandonó Asunción y se lanzó a la total incertidumbre de poblar un nuevo territorio. Con un agravante: la expedición anterior, la de Pedro de Mendoza, había sido un total fracaso signado por el hambre y, se dice, hasta el canibalismo.
Fragmento
Santa Fe, 1580
El rostro del guardiamarina reflejó su incredulidad, al verme
trepar por la escalerilla de la carabela. Dudó entre buscar
el arma o, lo que al final hizo, salirme al paso.
–¿Qué hacéis aquí, señora? ¿Quién os ha dado permiso?
–No hay tiempo para tonterías –le espeté–. Sabéis perfectamente
que soy Ana Díaz; mi hermano es el asistente del timonel.
Llamadlo ahora mismo.
Había intentado entrevistarme con Garay en su propiedad,
pero fui despachada sin que siquiera se le informase de mi presencia.
Al parecer, el vasco no tenía tiempo para otra cosa que
reunirse con las autoridades locales y con sus hidalgos, en este
último caso para ultimar los preparativos del nuevo tramo de
viaje, que a diario yo observaba con preocupación. El mes
de abril avanzaba y, con él, las esperanzas de poseer mi tierra
se escabullían. ¡Pero yo estaba decidida a no quedarme atrás y
luchar por lo que se me había prometido!
–Lo haré llamar –resolvió el muchacho, serio–. Pero no os
moveréis de aquí, ¿queda claro?
El sol brillaba sobre las aguas engañosamente quietas,
como lo haría en la superficie de un espejo. Tardé otra vez en
acostumbrarme al sube y baja de la nave, sabiéndome objeto
de las miradas curiosas de los marineros. Les di la espalda y,
con las manos en la barandilla de madera, observé el poblado
de Santa Fe.
Al cabo de un rato, apareció Pedro proveniente de la popa,
donde se encontraba el timón de la nave. Su rostro moreno
pasó de la sorpresa al enfado.
–¿Qué diablos haces aquí? –me tomó del brazo, sin la menor
delicadeza, y me arrastró hacia la proa–. Has venido por
la nueva disposición de Garay, ¿verdad? –quiso saber, aunque
no me dejó responder–. Imaginé que no la tomarías a bien. No
tú, tan orgullosa. Pero no tienes derecho a involucrarme. ¿Me
oyes? Te advertí que te quedaras en Asunción y no me escuchaste.