Ana en Ámsterdam
Ana en Ámsterdam narra la historia de Ana Frank desde una mirada profundamente humana y cercana: una chica de trece años que, como cualquier otra, va a la escuela, tiene amigas y sueña con escribir. Pero la sombra que cubre el mundo en esos años no es una metáfora: algo invisible y brutal avanza, transformando días comunes en momentos de miedo, incertidumbre y decisión.
Sobre este libro:
María Inés Falconi reimagina con sensibilidad los días previos al encierro de Ana y su familia, capturando la tensión de una vida que se desarma y se reconstruye cada día. Este libro no es solo una novela histórica: es una invitación a ponerse en los zapatos de una joven que, frente a lo inimaginable, conserva palabras, esperanza y mirada.
Con una prosa que combina rigor histórico y fuerza emocional, Ana en Ámsterdam se convierte en una lectura esencial para jóvenes y adultos, ideal para estimular la reflexión sobre libertad, coraje y la fuerza de la imaginación en los momentos más oscuros. Una historia que enseña, conmueve y permanece.
Fragmento
El plan era el siguiente: Ana iría a la Biblioteca pública a buscar un mapa de la ciudad donde pudiera ubicar la calle Nieuw Hoogstrat. Haría una copia a mano lo mejor que pudiera y entonces irían todos juntos a buscar a Ru.
No tenían la menor idea de si esa dirección quedaba cerca o lejos y eso era importante porque iban a tener que ir a pie o en bicicleta. Ana pensó que tal vez Margot le prestara la suya. Se la iba a tener que cambiar por algo. Ya le debía varios favores. Tampoco sabía si podía contarle la verdad sin correr el riesgo de que se lo dijera a su mamá.
Pero ese era un problema para resolver más tarde. Lo que necesitaba hacer ahora era comunicarse con Hello para que la acompañara a la Biblioteca. Era una buena oportunidad para estar con él, ya que no le permitían ir al partido…
A la salida buscó a Wilma.
—Necesito que me hagas un favor –le dijo.
—¿Con Hello? ¿Querés que le diga que gustás de él?
¡Oh! ¡Gran error recurrir a Wilma!
—No, Wilma, no. No quiero que le digas nada.
—Ah… –se desilusionó Wilma–. Que pena… porque tengo algo que contarte.
Wilma sabía cómo contar un chisme. Ana no pudo resistir la curiosidad, de todas formas, intentó hacerse la desinteresada.
—¿Qué cosa? –preguntó.
—Resulta que el otro día Hello vino a mi casa.
—¿Ah, sí?... No sabía. ¿Y?...
—Y que yo le pregunté, ¿quién te gusta más Úrsula o Ana? Y él me dijo que eso no era asunto mío.
—Obvio.
—Sí, pero pará –siguió Wilma–, que antes de irse me dijo: “Ana, pero no le digas nada a nadie”.
—Ah… veo que cumpliste tu palabra –ironizó Ana, por no saltar de alegría.
—Yo no di ninguna palabra, te aviso. Pero, ¿no te parece buenísimo?
—Sí, puede ser… Bueno, ¿sabés el teléfono o no? Necesito comunicarme con él, pero no tengo su teléfono y no sé dónde vive. ¿Vos sabés?
—Obvio… –se hizo la interesante Wilma–. ¡Pero qué lenta que sos, Anita! Yo ya le hubiera preguntado todo.
—Bueno, no se me ocurrió. ¿Sabés o no sabés?
—Sí, sé. ¿Dirección o teléfono?
—Lo que quieras.
Wilma abrió su valija escolar, sacó una libreta de direcciones, buscó Hello y le dijo:
—Anotá.
—Wilma… ¿vos tenés una libreta con todos tus conocidos y sus direcciones? –se extrañó Ana. Tenía totalmente prohibido anotar nombres o datos, por eso mismo su mamá había hecho esa anotación tan extraña en la libreta de abastecimiento.
—Obvio –dijo Wilma–. No me los voy a aprender de memoria.
—Pero, Wilma… ¿nadie te dijo que eso puede ser peligroso?
—No, porque no dice nombres. Solo iniciales.
—¿Tu mamá sabe?
Wilma dudó.
—No, no sabe –dijo al fin–. No le vas a decir, ¿no?
—No, porque se enojarían mucho con vos, pero tirala, Wilma. O mejor, quemala. Mi papá dice que no debemos escribir los nombres de nadie. Tampoco sus direcciones…
—Bueno, no sé… Mirá lo bien que te vino que yo tenga todo anotado. ¿Querés o no querés el teléfono de Hello?
—Bueno sí, decime. Y después deshacete de la libreta.
—¿Vas a contar?
—No, no voy a contar. Pero tirala.
Wilma le pasó el teléfono y Ana se lo anotó en la palma de la mano. Estaba segura de que Wilma no iba a tirar su libreta y dudaba si tenía que decirle a alguien o no. ¿Y si estaba su nombre allí?...
También dejó ese problema para después y fue todo el camino de regreso a su casa repitiendo el número de teléfono de Hello para aprendérselo de memoria.
Ni bien llegó, se lavó las manos y fue a ver a su mamá a la cocina.
—Mamá… ¿puedo invitar a Hello esta tarde a tomar el té como me dijiste?
—Sí, claro. Voy a ver si puedo comunicarme con su mamá.
—No te preocupes. Yo tengo su teléfono. Me lo dio Wilma.
Pensó que, de esta forma, sin delatar que Wilma tenía una libreta con direcciones podía alertar a su mamá de alguna manera. No podía hacer más. Había dado su palabra.
Corrió al teléfono y llamó.
Hello, por suerte, estaba en su casa y aceptó la invitación antes de que Ana terminara de hacerla. Ella no le dijo nada de la Biblioteca. Eso podía contárselo personalmente.
Ana se sacó el uniforme de la escuela y eligió un vestido azul que le gustaba mucho, para esperarlo. Se peinó ochocientas veces y hasta se hubiera pintado un poco los labios si su mamá se lo hubiera permitido.
Preparó la mesa, ayudó con las masitas y se sentó a esperar. Estaba nerviosa, no sabía si era porque iba Hello a su casa o porque tenía que ir a la Biblioteca a hacer algo secreto. El plan era ir con él, después de tomar el té. Un plan al que nadie podía decirle que no. ¿Qué cosa más santa que ir a una Biblioteca?
Hello llegó puntualmente. Él también sin el uniforme de la escuela y peinado con fijador y raya al costado con un ramo de flores en la mano, para la mamá de Ana. Un niño encantador.
Se sentaron todos alrededor de la mesa, Margot incluida, que no paraba de echar miraditas intencionadas a Ana. ¡Lástima que tenía que pedirle la bici!, si no la hubiera pateado por debajo de la mesa.
El té fue francamente aburrido. Terminadas las preguntas de rigor, “¿cómo están tus padres?”, “¿cómo te va en la escuela?”, “¿te gusta Ámsterdam?”… ya no había mucho de qué hablar. Hubo un silencio en el que se miraban y se sonreían. Ana estaba esperando el momento adecuado para pedir permiso para ir a la Biblioteca, que era lo único que le importaba, aparte de Hello o de ir con Hello.
De pronto dijo:
—La profesora Kohl nos pidió un trabajo sobre la ciudad de Ámsterdam.
—¡Qué interesante! –comentó su mamá.
—Sí, tengo que buscar los mapas en la Biblioteca –siguió Ana.
—Está muy bien.
—Podría ir ahora… –dijo mirando a Hello.
—¡Pero, Ana! Acabás de invitar a Hello. ¿Cómo vas a echarlo así? Lo hubieras pensado antes… –la retó la mamá.
—Bueno… Hello podría acompañarme –sugirió con cara de inocente.
—¡Ah, bueno!… –comentó Margot.
Ana la fulminó con la mirada.
—Yo no tengo problema –dijo Hello–. No quisiera que por mi culpa te fuera mal en la escuela. Te puedo acompañar.
—¿Podemos? –preguntó Ana.
Era la pregunta del millón.
—Bueno, vayan. ¿Pero después podés acompañarla a casa, Hello?
—Por supuesto, señora Frank.
¡¡¡¡Vamos!!!!
—Y vuelvan de día.
—Sí, mamá. Gracias.
Ana le dio un beso, le echó una miradita a Margot que no se había tragado el cuento de la tarea para la escuela y salieron más rápido que volando.
Apenas cerró la puerta, Ana pegó un salto.
—¡Bravo! Los tés son la cosa más aburrida del mundo.
—¿En serio tenés que ir a la Biblioteca? –Hello tampoco se había tragado la excusa.
—En serio.
Y Ana le contó todo el plan desde el principio.