Antirracismo. Pensamiento y praxis en clave afrolatinoamericana
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Sobre este libro:
Antirracismo. Pensamiento y praxis en clave afrolatinoamericana" es una obra colectiva sin precedentes en el panorama editorial argentino: la primera compilación que reúne a intelectuales, activistas y referentes comunitarios afrodescendientes de toda la región —Colombia, Venezuela, Bolivia, Brasil, República Dominicana, Puerto Rico y Argentina— para pensar el racismo no como anomalía del pasado sino como dispositivo estructural vigente.
El libro articula rigor teórico y urgencia política. Sus ensayos desmontan los mitos criollos de la "democracia racial" y el "crisol de razas", develan cómo el multiculturalismo puede ser una forma de despojo, recuperan el feminismo negro de Lélia González y Beatriz Nascimento, y documentan procesos de movilización afrolatinoamericana que van de la danza a la conquista de derechos constitucionales. El capítulo de Federico Pita sobre el "racismo criollo" argentino —con sus tres pilares: invisibilización, negación y extranjerización— ofrece un modelo analítico de extraordinaria aplicabilidad global: cualquier sociedad que se crea "postracial" puede reconocerse en sus páginas.
En tiempos donde el negacionismo se disfraza de libertad de expresión, este libro no busca comodidad: busca transformación. Una voz nueva y necesaria para el mercado internacional de ideas.
Fragmento
Extracto del capítulo "¿De qué hablamos cuando hablamos de racismo? La necesidad de una perspectiva étnico-racial en el desarrollo, implementación y evaluación de las políticas públicas", de Federico Pita.
Racismo criollo
Argentina se presenta al mundo como la sociedad más blanca de América Latina. Esto no es simplemente una cuestión cromática; también esboza una idea de superioridad, ya no racial sino cultural. Parte de nuestro relato nacional consiste en entendernos como una sociedad elevada: un país con universidad pública, por ejemplo. Sin embargo, las personas que tienen mi color de piel son minoría dentro de la facultad, aunque todos sabemos que somos mayoría afuera de la facultad.
No hay ninguna ley que establezca que los morochos o los afrodescendientes, los indígenas o los "negros cabezas" no puedan ir a la facultad; sí se impone una idea meritocrática de que van los que pueden o los que tienen las mejores condiciones. Por el contrario, quienes no llegan es porque no tienen las condiciones o no se esforzaron lo suficiente. Si desestimamos esa idea, advertiremos que la categoría racial opera en las biografías individuales y es el Estado el mayor responsable de este proceso, al diseñar políticas universales que no contemplan una situación que, sostenida en el tiempo, generación tras generación, termina por naturalizar a la meritocracia como una idea válida y justa para la ciudadanía.
Para entender cómo el racismo se aplica en nuestro país, un fenómeno que denomino "racismo criollo", debemos detenernos en tres aspectos esenciales: la invisibilización, la negación y la extranjerización.
Invisibilización
En Argentina solemos imaginar que no existe el racismo: una sospecha asociada a la idea de que no hay negros argentinos ni negras argentinas. Según este discurso ingenuo, si no tenemos negros, no hay racismo. Por eso nos impacta el asesinato de un negro en Estados Unidos (como el caso de George Floyd, en 2020), porque entendemos que en Estados Unidos hay negros y que los blancos racistas existen.
En nuestro país suele imaginarse que hay una única forma de ser negro y negra, un criterio relacionado con determinada paleta cromática. El estereotipo de negro o negra es bastante básico: oscuro de piel, con pelo mota y labios gruesos. Pensemos en el acto escolar del 25 de mayo, un ritual dentro del ámbito público, que constituye una de las pocas instancias cuando se habla de la negritud, y para representarlo pintan a algún alumno con corcho quemado y lo muestran como un cuentapropista.
Yo me gradué en Ciencias Políticas, y en ninguna de las treinta y seis materias de la carrera figuraban autores o autoras afrodescendientes. La facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires es diversa en cuanto a sus posicionamientos ideológicos, pero en este aspecto, por acción u omisión, termina teniendo una currícula brutalmente racista que transmite una "afirmación": a los negros y a las negras no se nos cae una idea. Esto sucede aun cuando existe una inmensa biblioteca de pensadores y pensadoras negros y negras que abordan y problematizan esta realidad.
Este tipo de prácticas tiende a invisibilizar a una determinada población. Con el fin de la esclavitud y la fundación de la República, con la Constitución de 1853, el racismo se vuelve más sutil, menos identificable. Se encubre. Fue Sarmiento quien, durante su presidencia, introdujo la noción de estadística moderna en la Argentina. Los primeros censos dejan de contar población en términos raciales. Con el pretexto de no racializar nuestras estadísticas, se borra la nomenclatura "negro" y simultáneamente se crean categorías como el "trigueño", que invisibilizan la procedencia o la identidad étnico-racial.
Los indígenas y los afrodescendientes son sujetos políticos concretos. Si se los despoja de su relato político, social, cultural e histórico, su especificidad termina siendo simplemente una cuestión cromática, y entonces parece que es una casualidad que la pobreza estructural siempre afecte mayoritariamente a los que tienen la piel más oscura.
En 1869, el pensador afroargentino Horacio Mendizábal escribió su última obra, poco antes de morir, a los 24 años, víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Sarmiento, por entonces presidente de la Nación, se fue de Buenos Aires y en su lugar se organizó una Junta de Vecinos Ilustres. Mendizábal fue uno de los secretarios de esa Junta. Dejó un escrito cuya introducción, dedicada al presidente, cuestiona el racismo desde su propia negritud, desde su afroargentinidad:
¿Tendríais horror de ver un negro sentado en el primer puesto de la república? ¿y por qué, si fuese ilustrado como el mejor de vosotros, recto como el mejor de vosotros, sabio y digno como el mejor de vosotros? ¿Tan solo porque la sangre de sus venas fue tostada por el sol de África en la frente de sus abuelos?
¿Tendríais horror de ver sentado en las bancas del parlamento a un hombre de los que con tan insultante desdén llamáis mulato, tan sólo porque su frente no fuese del color de la vuestra? Si eso pensáis, yo me avergüenzo de mi pueblo y lamento su ignorancia.
Esto pensaba Horacio Mendizábal en 1869. Sus palabras gozan de una vigencia que nos debería avergonzar.
Negación
Otra estrategia de sutil encubrimiento del racismo criollo es la negación. Consiste, precisamente, en negar la propia existencia de este sujeto social que es el negro, y reducir a minoría al conjunto de los pueblos originarios. En 1913, el pensador, político, diplomático y fundador de muchas universidades Joaquín V. González dio un discurso en el Congreso de la Nación, en el cual se refirió a la importancia del censo que se estaba por realizar en Argentina:
Cuando hablo de razas inferiores, lo hago a toda conciencia, porque yo no soy de los que sostienen que todos los hombres son iguales, sino en sentido político [...] Las razas inferiores, felizmente han sido excluidas de nuestro conjunto orgánico, por una razón o por otra, nosotros no tenemos indios en una cantidad apreciable [...] No tenemos negros, los que se introdujeron, en abundancia […] han desaparecido también; no se advienen a nuestro medio social.
Según este notable político, los afroargentinos, ya sea por incompetencia o por mérito propio, nos hemos extinguido. La tarea no es simplemente acusar de racistas a Sarmiento o a Joaquín V. González; el hecho de problematizar estas figuras nos sirve para entender que el racismo era parte fundamental del relato histórico que construían las instituciones.
A los afroargentinos nos hicieron desaparecer en las estadísticas y en el relato historiográfico. Existe un estudio, previo al censo de 2010, que indica que somos más de dos millones de argentinos y argentinas que respondemos a esa categoría, es decir, un cinco por ciento de la población. No desaparecimos; simplemente, nos quisieron hacer desaparecer.