La Loreta

Por Susy Shock

Acerca de este libro:

Pionera de la literatura trava local y faro para la literatura disidente, Susy Shock nos acerca dos relatos que trascienden las formas estatuidas con sus géneros bien delimitados, prolijos, identificables. En una nación –y una literatura– basada sobre una retahíla de dicotomías, su narrativa travesti anida la potencia de pensar por fuera del binomio (o grieta de turno). Desde las páginas de La Loreta y Pibe Roto, Susy Shock arremete con todo lo que tiene en su arsenal creativo, con su resonante voz, para contar dos historias de amor: la primera de amistad, la segunda de amor-amor, romántico, sexual, revolucionario.

Fragmento

La Vicky tuvo que pagar muchos precios más que otras chicas frente a la Juana, y si no hubiese sido porque siempre estaba La Loreta para mediar entre ellas dos, quizás hasta lastimada hubiese terminado, porque la Juana no le perdonaba que “sea mujer” en la zona de las travas, porque encima “esta tilinga” había estudiado todo el secundario completo y de vez en cuando soñaba, en demasiada voz alta para su gusto, con anotarse en Medicina y tener otra mejor suerte, y, para colmo, era de las pocas que no necesitaba usar lentes de contacto y podía lucir esos ojazos celestes naturales, que casi todas se falsean para simularse una occidental y bien vista humanidad, imaginando que así atraen más a los clientes. Por eso La Loreta impuso distancia entre ambas, distancia de metros cuadrados y de palabras, para evitar problemas y disgustos, porque ella sabía bien de lo que era capaz la Juana. Nadie se lo había contado. Ella misma había tenido las manos de esa trava en su garganta, esa tarde de mala broma, cuando la insultó después de una tonta riña, y se le ocurrió decirle que era igualita a su propio padre, ese tucumano borracho y violento y sin alma. Justo eso se le ocurre gritarle a ella, que nunca lo nombraba, que se decía huérfana de padre y sin apellido, ella era lisa y llanamente “La Juana”, que por eso decidió andar indocumentada antes que llevar ese sello maldito. Y así de decidida, no dudó en saltarle como mona enceguecida encima, y recién cuando La Loreta la miró casi sin aire, atrapada en semejante marica, casi en su último intento de desesperada piedad, retrocedió de su furia para no volver a la casa por días, algo de lo que nunca jamás estas amigas hablaron. Ese límite que las marcó a fuego, como el sexo primero, ese pacto de silenciosa cofradía que mariconamente todas se ponen e imponen a la instintiva fuerza. Otra vez, bien empezada una noche, La Loreta le adivinó ese mismo ardor en la mirada a su amiga, al retroceder a contestarle a la Vicky después de no sé qué intercambio de palabras y entonces disimuló romperse un taco y hasta caerse, para desviar la atención de todas y sólo así descomprimir la intención de esa otra vez mona furiosa reaparecida. Nada que viniera de su parte parecía agradarle a esta tucumana, escuchaba ese modo porteño de hablar y ya echaba humo por la nariz; “la futura doctorcita” era de las más nuevas en esta parte de la zona y según la Juana se aprovechaba de que le había caído en gracia a La Loreta, para trepar y trepar. La Juana: Esta te clava un día un cuchillo en la espalda. La Loreta: Basta de novela vos. La Juana: Vos seguí haciéndote la madre superiora y vas a ver cómo termina todo esto. La Loreta: Es buena mina, permitite conocerla. La Juana: Es mina, para mí es suficiente. La Loreta: ¿De dónde viniste vos? ¿De un hongo? La Vicky tenía quince años cuando se fue de la casa, huyendo de un padre abusador y de una madre que no quería ver qué pasaba bajo su techo y que le acusó de ser ella la que lo buscaba. No dijo nada, sólo tomó su bolsito con lo más pronto que encontró y se fue, primero a lo de una amiga, después a lo de otra, y más tarde a la calle. Por eso nunca terminó ningún secundario, tampoco se sabía muy bien si alguna vez lo había empezado, lo que pasa es que era tan leída, tan curiosa, que parecía que ella se lo sabía todo: tema de conversación que salía, tema que ella dominaba, y con esos ojos celestes hasta parecía que todo era cierto. “Muy fantasiosa”, según la Juana, “demasiado inteligente”, según La Loreta. La cosa es que ella hacía las cuentas tan rápidas: cada vez que el auto de la Policía frenaba y daba la cifra que el comisario exigía como peaje semanal para no arrestarlas y poder laburar tranquilas, ella dividía en el aire, prontísima, y la cuenta estaba hecha. Esa misma habilidad usó en su último gesto para con la Juana, dar con el monto justo que todas cubrieron para pagarle el cajón a la amiga muerta, y llenarse, inmediatamente después de respetuosas lágrimas calladas esos ojos celestes, en toda la posibilidad que te deja el amarrete y corto silencio.