Urbanofilia
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Sobre este libro:
El 80 % de los latinoamericanos vive en ciudades. En Europa y Asia, ese número es aún mayor. Sin embargo, la mayoría de los libros sobre urbanismo están escritos para especialistas, no para el ciudadano que intuye que su barrio podría ser mejor y no sabe bien por dónde empezar. Urbanofilia cubre ese lugar vacío: es un ensayo riguroso y accesible, escrito por un equipo interdisciplinario de economistas, cientistas de datos y especialistas en movilidad, que convierte el diseño urbano en una conversación cívica. Su tesis —que la ciudad es un verbo, que cada persona que sale a la calle la está haciendo— tiene resonancia universal, independientemente del idioma o la latitud. Su mirada proviene del Sur Global, lo que lo distingue de la tradición anglosajona o europea del género y lo hace especialmente atractivo para mercados latinoamericanos, ibéricos y del sudeste asiático que buscan referentes propios. Un libro para editoriales que publican no ficción inteligente para lectores activos: los que votan, participan, se organizan, y quieren entender el mundo físico que habitan.
Fragmento
Más del 80 % de las personas que vivimos en Sudamérica, vivimos en ciudades. En algunos países –como Argentina–, ese número escala al 90 %. Lo que, dicho de otro modo, significa que 9 de cada 10 personas –por elección o atrapadas en las circunstancias– vivimos cerca de otras personas. Más dispersas o más hacinadas, en paz o con múltiples conflictos, en el centro o en la periferia, pero con otros. Agrupados. Ni siquiera existe un parámetro universal claro para definir qué es una ciudad. Mientras China necesita un mínimo de 100.000 habitantes, Dinamarca pone un piso de 200. En todo caso, siempre hablamos de un sistema de convivencia asentado en una infraestructura, tan ineludible que asusta, tan hermoso que enamora.
El urbanismo como carrera universitaria tiene algunas décadas, pero la práctica de diseñar ciudades lleva varios miles de años. Como fenómeno emergente, existe desde que pusimos una casita al lado de otra. Desde aquel entonces hasta hoy, hemos diseñado ciudades con todo tipo de propósitos y despropósitos. Hicimos ciudades amuralladas para protegernos del enemigo, ciudades mal ventiladas donde nos diezmaron las pestes, ciudades monumentales para dioses que no existen o para muertos que no pueden vivirlas. Levantamos ciudades perfectamente diseñadas de antemano, armoniosas y simétricas, y también fuimos acumulando piedra tras piedra, sin un plan definido, guiados por la necesidad, la inmediatez y la intuición. Bien o mal, nunca dejamos de diseñar, construir y habitar ciudades.
Pero ningún diseño es neutral. Todo diseño es político, y en el caso del diseño urbano esto es cierto en un sentido muy directo, porque modificar o crear algo nuevo en una ciudad cambia la vida de las personas. El impacto de esos actos de diseño es muy variable y depende, entre otras cosas, de quiénes sean las personas que los llevan adelante, con qué sesgos de clase, étnicos, de género, y quiénes las personas que los sufren o los gozan.
Sin embargo, existen algunas verdades universales: por ejemplo, que las ciudades cambian. Son un verbo, no un sustantivo. Un constante devenir. De hecho, a las ciudades donde no hay personas, vida ni movimiento les decimos “ruinas”. Todos los días cuando te levantás y salís de tu casa –ya sea en auto, en tren, a pie, a estudiar, a comprar algo, a trabajar– estás haciendo tu ciudad. Haciéndola de una forma más relevante para el ecosistema general que si construyeras un edificio nuevo.
Hay otras verdades que pueden resultar un poco más incómodas: existen altísimas chances de que la ciudad donde vivís haya sido pensada para los automóviles, no para vos, y esto ni siquiera depende de si conducís automóviles. Existen también altas probabilidades de que tu ciudad no esté preparada para lidiar con el cambio climático y que un mapa de calor revele zonas cada vez más inhabitables. Es seguro que muchas de las otras personas que viven en tu ciudad no tienen las mismas opiniones políticas que vos, más aún, que no tienen las mismas ideas sobre cómo debería ser la ciudad. Y si tenés hijos, hijas, sos una persona mayor o con alguna discapacidad, o si estás en situación de pobreza –dicho de otro modo, si sos el usuario más débil–, tus opciones para disfrutar la ciudad se acaban de reducir drásticamente. Pero calma, que no todo está perdido.
Hay un tipo particular de ciudadano: aquel al que, además de habitar la ciudad, le toca gestionarla. Esto es a la vez un trabajo como cualquier otro y un honor excepcional. Dado que las ciudades son entidades subnacionales, existe todo un universo de leyes que los intendentes, comuneros, legisladores y otros funcionarios no pueden torcer ni saltear. Pero el margen restante es inmenso. Tanto como la responsabilidad. Si de casualidad estás leyendo esto y recordás que tus ingresos mensuales se justifican a partir de cierto poder que el pueblo depositó en tus manos, también hay algunas cosas que tenés que saber.
Toda ciudad es el resultado de una tensión entre lo individual, lo cívico y lo vivo. Elementos que se pueden equilibrar y, mejor aún, se pueden poner en movimiento con voluntad política. La mala noticia es que las cosas no son tan sencillas como “escuchar a los vecinos”. En primer lugar, no siempre los vecinos tienen razón. Algunos tienen razón y otros no. O peor aún, pueden tener razón todos y estar queriendo cosas diferentes. Por ejemplo, reducir los espacios de estacionamiento para recuperar la vida peatonal es casi siempre una buena idea, excepto que se le pregunte al puñado de automovilistas que utilizan esos espacios. Tirar abajo un árbol rara vez se justifica, pero si el lote será destinado a viviendas sociales que permitan reducir el valor de los alquileres en la zona, densificar adecuadamente y mejorar la seguridad del barrio, quizás haya que pensarlo. En general, este tipo de disputas requieren de muchísimo diálogo, acuerdos, sistemas de compensaciones, el análisis de profesionales de diversas disciplinas y una cuota no menor de voluntad y buena reputación. Muchos optan por dejar correr el reloj hasta que sea la responsabilidad de alguien más. Por suerte, vos no sos de esos.
La buena noticia es que existe un mínimo urbanismo viable que, además, es rentable políticamente. Cosas que no involucran demasiado presupuesto y que nunca tienen mala prensa: iluminación, canteros, separaciones adecuadas de carriles, arbolados, plazas y mobiliario urbano (no hostil) suelen funcionar como garantía de reelección en el cargo. Sobran ejemplos en el mundo. A veces la diferencia entre el bien y el mal se resuelve trazando una línea, usualmente con pintura amarilla.
Y luego están las cosas grandes, reservadas para quienes buscan el bronce. Estamos hablando de trenes, de subtes, de vivienda, de escuelas, de mitigar el cambio climático, convertir autopistas en corredores verdes y desentubar arroyos. La verdadera épica urbana. Sí, es más difícil. Todo hay que hacerlo bajo una cúpula de tormenta mientras arriba, en los vientos de la política nacional operan otro tipo de fuerzas, mucho más titánicas, oscuras e impredecibles. Pero podés empezar de a poco. Hacer mejores ciudades, administrar y distribuir el acceso a lo público, cuidar a los y las habitantes, desarrollar infraestructura y potenciar por todos los medios la calidad de vida es, al final del día, tu responsabilidad. Pongámoslo en estos términos: si querés que te levanten un monumento en la plaza, primero tenés que construir la plaza.
Por suerte también hay muchas cosas que se pueden hacer y que no requieren de la decisión –a veces heroica, a veces trasnochada– de un intendente. Un tipo de diseño urbano que es, primero que nada, optimista. Consiste en intervenciones más pequeñas o más grandes que surgen de abajo hacia arriba y pueden transformar las ciudades, un pedacito a la vez, hasta convertirlas en lo que siempre pretendieron ser: el mejor lugar para vivir.
Tokio, una de las ciudades más densas del mundo, tiene una práctica llamada taiken-nouen, que consiste en utilizar terrazas de edificios para hacer huertas colectivas, donde además se dan talleres sobre horticultura urbana. Lo mismo hace Valencia en lotes vacíos sin utilizar en el centro de la ciudad. En Barcelona, grupos de padres que llevaban y acompañaban a sus hijos en bicicleta a la escuela se autoorganizaron en corredores para hacerlo juntos y ofrecer condiciones más seguras.
En el barrio de Almagro un grupo de vecinos protegió un baldío donde crece flora autóctona, convirtiéndolo en una reserva natural y pulmón de manzana que ayuda a bajar las temperaturas, corta la mancha de cemento y mejora la calidad de vida de todos. Además hay un grupo de Telegram donde vecinos comparten lombrices, compost, madera y material seco para reducir la cantidad de residuos que generan y disponer luego de tierra fresca para las plantas de sus casas. En Rosario construyeron huertas comunitarias. En Bogotá y Medellín cierran calles los fines de semana para hacerlas peatonales.
La lista real es infinita. Ninguna de estas ideas mueren dentro de los muros de la ciudad que las vio nacer. Son tácticas efectivas porque son generosas, generosas porque son replicables. Y no requieren demasiado para llevarse a cabo: un cantero con flores, un parque sin rejas, una línea de pintura, unas sillas plegables en la calle, una serie de conos bien dispuestos a la espera de que el uso de ese espacio se establezca y no quede más remedio que construir una infraestructura mejor y más definitiva.
Es dinámico, es emocionante. Es pura urbanofilia.