La perrera

Por Gustavo Barco

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Andrés Beláustegui

Director

Sobre este libro:

 

Entre la crónica y la ficción, los once relatos de La perrera retratan la vida en la ex Villa Piolín de Villa Soldati —hoy barrio Charrúa— durante las décadas de 1970 y 1980, a través de la voz de Gusty, hijo de inmigrantes bolivianos, desde su infancia hasta la primera adultez.

La perrera es un libro visceral, donde los gestos cotidianos y las tradiciones familiares enlazan el presente con un legado ancestral. En estos relatos conviven lo local y lo andino, en una cotidianidad tejida de bailes y peleas, hambre y comidas compartidas, juegos y violencia, fe, memoria, trato áspero y solidaridad. El último cuento —la historia de la infancia del padre del narrador y su recorrido desde Oruro hasta Soldati— condensa con fuerza la experiencia migrante y ofrece una mirada íntima y profunda sobre la herencia y las cicatrices que definen a generaciones de familias.

Con imágenes poéticas, una ternura que nunca cede al sentimentalismo y una potencia que sacude, este libro celebra la riqueza de la multiculturalidad, la dignidad, el trabajo y los sueños en medio de la adversidad.


Fragmento

El fuego de la Navidad

Corríamos por los pasillos con la virulana prendida fuego, como si quisiéramos remontar un barrilete de chispas. En el medio caían las amenazas y los sermones de los adultos sobre los incendios del pasado. Nosotros decíamos a coro que sí, que sí, que entendíamos. Hasta lo habíamos aprendido en quechua, arí, arí, intindi quichu. Pero enseguida seguíamos corriendo.

 

Decían que hubo dos grandes incendios, cuando las casas eran de madera, cartón y nailon, que todo ardió en minutos y que ahí no importaron ni el argentino ni el bolita ni el paragua ni el perucho ni nada porque todos se ayudaron a escapar de esas lenguas de fuego que escupían más fuego. Muchos de los que eran jóvenes en ese entonces lo recordaban. Como don Juan, el chapista y frustrado cantante del barrio. Cuando hablaba de eso, miraba hacia un horizonte inexistente y sólo se movían sus labios: alguien se duerme con el pucho prendido, se enciende algún trapo, eso ya resulta imparable. El color amarillo furioso y movedizo se refleja en las retinas de todos los vecinos que les pelean a las llamas para salvar a sus hijos o para encontrar la guita enterrada o escondida en algún rincón o la bolsita con las hojas de coca para aguantar más y soportar el hambre. Frente a esos rostros anaranjados, el fuego avanza metiéndose en el buche las casillas, las chapas, los plásticos impermeables atados con piolines. Hace hervir las sopas y el agua para bañarse en las ollas negras, prende las leñas, recalienta los fierros de los machetes y las herramientas de albañil. Se va llevando, ante el silencio y el llanto de la barriada, las camisas de domingo, las abarcas y los aguayos de los recién llegados. Y cuando suceden las explosiones por las garrafas, un hongo gigante (en el que muchos imaginan la cara risueña del Diablo) se suspende sobre las llamas que disuelven en cenizas lo que después se conocerá como Villa Piolín, Villa 12 o Barrio Charrúa, por la calle que lo atraviesa y que termina en la ciudad deportiva de San Lorenzo, en Soldati.

 

Desde entonces, el fuego se hizo carne en los miedos colectivos. En el barrio, de vez en cuando salía el tema y siempre había alguno que empezaba a contar cómo habían sido los incendios y enseguida se hablaba de aquellas llamas inolvidables.

Por eso, cuando llegaba Navidad o Año Nuevo, los adultos miraban con cierto recelo a los que jugaban con estrellitas o bengalas. Y más a los que no teníamos plata para pirotecnia y encendíamos una virulana atada a un hilo de albañil y empezábamos a correr por los pasillos. Como siempre, el que proponía el juego era Pico, el cuarto de once hermanos que vivían en la casa de la esquina del pasillo 4. Los varones estaban siempre juntos. Pico tenía once, Calo diez, Churco nueve y Pilder siete. Yo andaba por los nueve años cuando me empezaron a soltar la cuerda. Aunque no mucho. Me dejaban jugar solamente en cualquier sector del pasillo y hasta sus esquinas. Más allá estaba prohibido. Ni al pasillo 5 ni al 3. Ni hablar si descubrían que iba para el lado de las vías o cruzaba la calle hacia la cancha de tierra. Pico y sus hermanos tenían la libertad de moverse por todos lados, incluso por fuera del barrio, como cuando iban a cazar mariposas o langostas al segundo puente de la calle Erezcano.

—¿Trajiste la virulana? —decía Pico.

Pilder se sacaba el paquete escondido en su espalda, entre el culo y la remera. Calo tenía los fósforos. Los de- más mirábamos a los costados para vigilantear. Ataban la virulana agarrada con alambre, y después la enganchaban al hilo de albañil que le habían afanado a don Suazo. Una vez encendida, salíamos corriendo por los pasillos 4 y 5 y 3. Dejábamos la estela de chispas y tomábamos la piola por turnos. En el pasillo 5, don Paniagua gritaba:

—¡Apaguen eso, chicos! Pasan de nuevo y se los saco, ¿eh?

En el pasillo 3 eran don Juan o doña Margarita:

—¡Chicos! ¡Vayan a otro lado, no se juega con eso!

—¿Quieren incendiar todo, ustedes? —recriminaba don Juan, rodeado de los tubos inflamables de soldador que dejaba ahí en el pasillo.

—¡Supay ‘pa wachaska! —gritaba doña Margarita. Su hijo, que tenía hidrocefalia y estaba en la puerta, en silla de ruedas, tomando fresco, veía las chispitas que zigzagueaban en el aire y reía y reía con sonidos guturales, como pidiéndonos más y más chispas.

—¡Basta con eso! —nos gritaba a las siete de la tarde alguno de los obreros.

Era la semana de Navidad y los obreros volvían al barrio con las cajas navideñas que sus patrones les daban, en las esquinas se hablaba del aguinaldo como si fuera algo con superpoderes, y mamá nos contaba otra vez la historia de nuestra vecina, la viejita doña Eulalia, que mientras sacaba en brazos a sus hijos de las llamas fue salpicada por una gota de plástico hirviente en el ojo izquierdo y desde entonces le quedó un guiño eterno.

Fue en uno de esos incendios del barrio precario cuando mi viejo le echó el ojo a mi mamá. Ellos cuentan otra historia, ahora que están separados. Hay versiones menos románticas y hasta más eróticas, si se quiere. Los gritos de la gente que pide agua, las explosiones de las garrafas, mi mamá adolescente huye para resguardarse y sale en camisón con sus curvas poderosas y él la observa entre el fuego y las chispas.

—Qué hembra —pensó don Américo.

—¿Y este qué mira? —se dijo entre dientes doña Martha.

 

Al amanecer los vecinos sacaron las cenizas y los escombros. Caminaron entre los restos de sus casas pensando en la Pacha que habían dejado en Bolivia; otros recordaron los ríos de Paraguay y las tardes en el monte verde profundo y la tierra colorada donde tomaban tereré, despreocupados por el progreso en una niñez pobre pero feliz.

Se organizaron reuniones y se tomó la decisión de levantar las casas de material, sí, con ladrillos y cemento y arena, qué le vamos a dejar a nuestros hijos, aquí nadie nos va a ayudar, tenemos que hacerlo nosotros, pues, que nos den material y nosotros lo haremos, vecinos, qué dicen, votemos, señores vecinos, estamos todos en la misma.

A la vuelta del trabajo, de las fábricas o de la obra, sábados, domingos, feriados, todos juntos pusieron el lomo para construir la villa, el barrio, el hogar y los pasillos comunes donde jugábamos a las escondidas o al trompo y en Navidad alguien sacaba el tocadiscos y sonaban Los Mirlos, Creedence, Deep Purple, Sandro, Chacalón y la Nueva Crema, Imagen, Los Flamencos, Koli Arce, Los Bere Bere, Los Kjarkas, Savia Andina, Los Pasteles Verdes, Adrián y los Dados Negros, Javier Solís.

Si ellos levantaban de la nada los edificios más altos de Buenos Aires, ¿no iban a poder construir las casas para sus hijos?