La alteración del orden

Por Bruno Petroni

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Luciano Páez

Coordinador editorial

Sobre este libro

En estos cuentos, Bruno Petroni construye escenarios donde la cotidianeidad aplastante de pueblo siempre deja resquicios para lo insólito. Con la sintaxis despabilada y magnética que lo caracteriza, despliega las voces de personajes aferrados a algunas certezas sobre el mundo que, sin embargo, son insuficientes para protegerlos de sí mismos. Son relatos que muestran cómo lo terrible escapa a nuestro control. Las traiciones, la humillación, la soledad, el deterioro y el rechazo ocurren en estos cuentos de un modo lateral e impredecible. La alteración del orden nos hace testigos, como solo la buena literatura puede hacerlo, de que, vista de cerca, la oscuridad de los hombres con poder se parece más a una lamparita rota en un cable pelado que al misterio insondable de la noche. En esa habitación a oscuras se produce el encuentro entre el poder político y la literatura. Pero es un cruce torpe, plagado de  disonancias que son tan inquietantes como graciosas y ridículas.


Fragmento

El dragón amarillo

Mi hijo agarra tres papas fritas juntas, las pasa por el kétchup, por la mayonesa, y se mete esa pasta en la boca. Mastica rápido, traga y toma su gaseosa. Después, agarra la hamburguesa, le da un mordisco demasiado grande. Mi hijo pesa cuarenta y seis kilos. Un niño de su edad y altura debería pesar cuarenta.

Se llama Mauro. Tiene doce años. Los compañeros de la escuela le dicen Peppa. Nos lo contó él mismo (a su madre y a mí). Nos lo contó como si fuera gracioso. Mi hijo no llora delante mío. No sé desde cuándo. Un par de años. 

–Los chicos me dicen Peppa –dijo. 

Yo no entendí el apodo. Mi mujer sí. Mi mujer se llama Débora. Débora no le preguntó por qué le decían Peppa, se rió con él. Yo sí le pregunté, pero Mauro se hizo el que no me escuchó.

Esa noche antes de dormir, después de una breve discusión en la que Débora dijo:

–No es importante. Si se reía mientras lo contaba.

Yo dije:

–Se reía para disimular –y ella me respondió:

–No necesita disimular con sus papás.

Yo busqué a Peppa en Google. Apenas la vi, entendí por qué le decían así a mi hijo. Mauro no solo pesa seis kilos más de los que debería, sino que además tiene los cachetes rosados y sus fosas nasales apuntan más hacia adelante que hacia abajo. Ni Débora ni yo tenemos la nariz así. Cuando cerré la computadora, mi mujer me preguntó si estaba conforme, si yo también le iba a decir “Peppa” a partir del día siguiente, me dijo la estupidez que me termina diciendo la mitad de las veces que discutimos sobre Mauro: 

–Vos no querés a tu hijo.

Casi todas las discusiones sobre “mi hijo” parten, de una manera más o menos directa, de su aspecto físico. Mauro en dos meses empieza la secundaria. Desde que se puso el tema sobre la mesa, yo insisto en que tenemos que mandarlo a un colegio privado. Débora dice que no, que tiene que ir a una escuela pública, como todo el mundo. Discutimos. Pareciera que esa discusión no se relaciona con el aspecto físico de Mauro, pero si yo insisto una y otra vez en que hay que mandarlo a un colegio privado es porque me imagino a mi hijo en la escuela pública, agredido diariamente por chicos carenciados, con ira acumulada, con ganas de tomarse revancha del mundo atacando al gordo, al bizco, al feo. Débora se indigna una y otra vez, dice que Mauro es normal, que el anormal soy yo. Después se contradice afirmando que nuestro hijo va a aprender a defenderse, que ella se acuerda de chicos como Mauro, en su escuela pública, hace veinte años, que se llevaban “muy bien con todo el grupo”. Yo también me acuerdo de esos chicos, yo también fui a una escuela pública. Los chicos feos o gordos o bizcos que se llevaban muy bien con todo el grupo eran chicos pobres a los que nadie hubiese agredido por ser feos porque te rompían la nariz. Mauro, además de ser parecido a Peppa, es un chico de clase media con padres universitarios.

En este punto de la discusión, Débora siempre cambia de tema, se olvida de la violencia escolar y habla de lo que realmente le preocupa. 

–La timidez se le va a ir cuando conozca chicas –dice. 

Lo dice con demasiada soltura, como si no entendiera nada. Mi mujer es hermosa, brillante y olvidadiza. Se olvida que si ella podía conocer a cualquier chico del colegio, tener un romance ridículo todos los días y sobrevolar el patio del recreo como una especie de hada, es porque ella era una chica hermosa y extrovertida. Yo, que fui un chico normal, ni un canchero ni un tímido, tuve mis dificultades para besar a una chica, pero tras un tiempo pude hacerlo. Me imagino a Mauro, en un par de meses, en un recreo (un patio lleno de chicos que fuman) intentando hablar con una chica, no la más linda porque no es tonto, una del montón, una chica. No me imagino el diálogo, pero me imagino el después: la chica se ríe con sus amigas; Mauro, sentado solo en un banco, con la vista fija en la carpeta, con plena conciencia de que esas risas tienen que ver con él.

Ahora, por suerte, no tiene esa conciencia. Dos nenas de la edad de Mauro, pelo lacio y ropa de Disney, dos princesas que comen en la mesa de al lado se ríen de él. Mi hijo, todavía un niño con más interés por la comida que por las chicas, no percibe la situación. Yo sí me doy cuenta, veo la mirada de una de ellas primero, de la otra después, la mirada entre ellas, la confirmación, y la risa.

Débora a esa edad también era una princesa. Vi fotos de ella, y aunque no puedo afirmar que se riera de los chicos gordos que comen como si el mundo se estuviera por terminar, o que los apodara con nombres de chanchos, sí puedo afirmar que Débora se parecía a estas chicas: rubias, flacas, nariz, ojos y boca, todo proporcional.

Mauro mira de reojo a las princesas que disfrutan su helado y en voz baja dice:

–Papá, ¿puedo comer un helado?

Me gustaría que me dijera directamente: “Quiero un helado”, sin decir “papá”, sin esa timidez. 

–¿Querés un helado? –le pregunto.

–Sí –responde.

–¿Cómo no vas a poder comer un helado? Dame dos minutos.

Espero a que las princesas terminen (ellas comen con delicadeza, el helado no chorrea por los costados, tienen las manos limpias) y se vayan sin ver el enchastre que va a hacer mi hijo, sin reírse de nuevo, por lo bajo, de él.

Yo lo quiero a mi hijo y no quiero que sufra. Es ridículo tener que explicarle a Débora que quiero a mi hijo y que si hablo con sinceridad sobre sus problemas es, precisamente, porque lo quiero. Explicarle que, en realidad, preferiría poder decir con soltura frases como las que dice ella: “Va a aprender a defenderse solo”, “La timidez se le va a pasar cuando empiece a ir fiestas, esas cosas”, “Mauro es muy dulce. Va a hacerse de amigos enseguida”. No digo que Débora no quiera a su hijo, por supuesto. Digo que ella no puede entender la importancia del problema porque siempre estuvo del otro lado, lejos. En cambio, yo no era amigo de los chicos que andaban por ahí como dueños de la escuela, pero tampoco era amigo de los que se atrincheraban en el gueto de la fealdad (ser amigo de ellos tenía el costo de ser hermanado con ellos). Desde mi punto medio pude ver la complejidad del panorama. Entendí el sufrimiento del compañerito al que le pegan un chicle en el pelo, entendí la risa traidora de su amigo (al que le habían pegado un chicle en el pelo la semana anterior), entendí por qué el pibe piola le pegó un chicle en el pelo, al pasar. Desde mi posición intermedia entendí: es mejor pegarle un chicle en el pelo a alguien que ser ese alguien al que le pegan el chicle.

Yo quiero a mi hijo. Débora quiere a su hijo. Yo sé lo que le pasa a mi hijo. Débora no sabe lo que le pasa a su hijo. Mi hijo quiere más a su madre porque su madre no sabe lo que le pasa. Mi hijo ahora come su helado (no alcanzan las servilletas que traje), y aunque no se haya dado cuenta de que se lo compré después de que las nenas se fueron, sé que percibe mi preocupación (siempre) y por eso me quiere menos que a su madre.