Sombra terrible
Sobre este libro:
"Sombra terrible. 10 cuentos del gótico rural argentino reúne una selección de relatos contemporáneos que exploran uno de los territorios más inquietantes de nuestra literatura: el encuentro entre lo humano y una naturaleza indómita, extraña y profundamente perturbadora.
Bajo la curaduría de Marcelo Acevedo, esta antología presenta un poderoso mapa del gótico rural actual: diez cuentos de autores y autoras —algunos ya consagrados, otros emergentes— que reinventan la tradición del terror en clave local. Aquí, la pampa, la selva o el desierto ocupan el lugar de los castillos europeos, y lo sobrenatural surge del contacto con un paisaje ancestral que parece observarnos.
Un libro para descubrir cómo el horror también crece en nuestra propia tierra."
Fragmento
"PRÓLOGO
A casi doscientos años del surgimiento de la generación del 37 y sus obras fundacionales de la narrativa argentina, la alianza entre el modo gótico y los espacios rurales aún ejerce un fuerte influjo en nuestra literatura de ficción. En la actualidad, escritores como Diego Muzzio, Luciano Lamberti, Mariana Enriquez, Samanta Schweblin, Leonardo Oyola, Fabián Casas o Selva Almada —por mencionar unos pocos ejemplos— escriben relatos ambientados en llanuras, selvas, bosques, desiertos o pueblitos del interior de nuestro país; cuentos y novelas que podrían pensarse como una deriva de la literatura gótica en las que se hacen presentes los mecanismos narrativos del terror a través de la sensación de lo ominoso, el extrañamiento, los climas opresivos, la violencia, las leyendas rurales y la naturaleza como factor determinante.
“La literatura argentina buscó, desde sus comienzos, abrir un espacio donde inscribir sus signos, sus dramas, sus personajes”, escribe Fermín Rodríguez en su ensayo Un desierto para la nación. Ese espacio fue la pampa seca, territorio que a principios del siglo XIX aún se consideraba un desierto y se convirtió en el escenario principal del nacimiento de la narrativa argentina.
En su hipótesis de lectura más célebre, David Viñas afirma que la literatura argentina comienza con una violación. Esta violación fundacional —que, en rigor de verdad, nunca llega a consumarse— se encuentra en el clímax del cuento El matadero de Esteban Echeverría, en el que un grupo de matarifes rosistas —luego de un festín de sangre y tripas bovinas con decapitación infantil incluida— torturan e intentan violar a un joven unitario en los arrabales de Buenos Aires. Ricardo Piglia, en su ensayo Echeverría y el lugar de la ficción, propone un doble comienzo de la
narrativa argentina: en El matadero y en la primera página del Facundo de Sarmiento, con su invocación al fantasma del Tigre de los Llanos. Por otro lado, Carlos Gamerro también suscribe a la idea del doble comienzo de nuestra narrativa, aunque, a diferencia de Piglia, le adjudica esa paternidad a una sola pluma. En El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos escribe: “La literatura argentina empezó muy bien y muy mal al mismo tiempo y a manos de la misma persona. El matadero es un buen candidato a ser considerado uno de nuestros mejores relatos
de ficción y es, sin dudas, el primero que vale la pena. El poema narrativo La cautiva, en cambio, es pésimo”. De esta forma, Gamerro introduce una tercera obra literaria a las ya propuestas por Viñas y Piglia, un texto de 1837 que considera como el hermano siamés de El matadero porque se editan y se enseñan en las escuelas argentinas siempre en tándem: La cautiva, al que a pesar de considerar un “poema pésimo” le concede más importancia histórica que a su siamés, que fue escrito en 1840 pero publicado recién en 1871, cuando ya existían el Facundo y la primera poesía gauchesca.
Si partimos, entonces, de la premisa de que la discusión sobre la génesis de la narrativa vernácula podría dirimirse entre estos tres textos fundacionales de dos de los mayores exponentes de la generación del 37, una lectura —incluso somera— de El matadero, La cautiva y Facundo o Civilización y barbarie en las pampas argentinas nos conduce de forma inevitable hacia la conclusión de que el territorio rural argentino —con especial énfasis en la región pampeana — se presenta como escenario principal de este nacimiento, de la misma forma que la sangre, la violencia, lo espectral y una cierta afinidad con el gótico fueron también elementos
fundamentales a la hora de construir una literatura propia.
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En el panorama literario actual esta tradición parece haber retornado con vigor. En los últimos diez años muchas de las obras de terror que se producen en argentina tienen ciertas cualidades que las emparentan y las reúnen: transcurren en pequeños pueblos del interior alejados de lo urbano —cuando no directamente en parajes rurales, en la selva o en pleno desierto pampeano— y se nutren de las
herramientas y la estética del gótico, pero con características autóctonas, dándole a nuestro folklore y a nuestros espacios rurales un rol fundamental. Leonardo Oyola, por ejemplo, toma el mito del Familiar —un espíritu maldito con forma de perro negro— para narrar “El fantasma y la oscuridad” (Sultanes del ritmo, 2016), un cuento de terror que transcurre en un ingenio azucarero tucumano en plena
dictadura militar. Marina Closs elige como narrador de su cuento “Pombero” (Pombero, 2023) a esa criatura terrorífica y popular que es parte del folklore rural del norte argentino. Mariano Quirós, en su cuento “Mi mujer y su chupacabras” (Campo del cielo, 2019), se vale de la figura del críptido conocido popularmente como chupacabras para contar la historia de una pareja de turistas que tiene lugar en el sudeste chaqueño. Por su parte, Fabián Casas utiliza como escenario el desierto pampeano y escribe una versión deformada de la leyenda del lobizón en El parche
caliente (2023), una novela que dialoga con la tradición literaria gauchesca y el fantástico rioplatense.
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